Conocida antiguamente como la Casa
Grande, esta granja de estilo neoclásico, supone un ejemplo de la
arqueología industrial rescatada para uso hotelero. Desde luego algo
más que una venta castellana, el Palacio de la Serna nació como
remodelación de una granja neoclásica del siglo XVIII al gusto e
imaginación de Eugenio Bermejo, artífice esforzado de todo esto.
Mil y un apodos puede atribuirse al proyecto en cuestión, un sinfín
de etiquetas con las que definir el resultado de tanto trabajo, pero
de lo posvanguardista a lo onírico, lo cierto es que vivir en este
hotel se antoja toda una experiencia sensorial. Vivir el arte, mejor
que un museo donde sólo se contempla. Además de un aula de artes
plásticas, una galería de arte contemporáneo, donde se organizan
exposiciones de pintura, escultura, fotografía, video, montaje y
audiovisuales, y un jardín encantado de esculturas, el itinerario
del hotel desvela en sí mismo una transferencia artística de formas
y arquitecturas, una aplicación conceptual de elementos como
marquesinas, escaleras o bóvedas. ¡Qué decir del laberinto volcánico
excavado bajo tierra!
Se ha respetado con escrúpulo algunas estéticas y materiales
antiguos, aunque la presentación como mínimo resulta ecléctica.
Habitaciones, del todo originales, combinan ornamentos de vidrio y
hierro fundido con elementos medievales, tal vez extravagantes, con
colores chillones y cabeceros barrocos.